315:Estás tan ocupada que no escuchas lo que Dios te dice
- Omayra Font

- Jun 8
- 11 min read
Hay una frase que se volvió viral en el año 2024 y la mayoría de las historias de las mujeres que la utilizaron no sabían que probablemente la estaban describiendo a ellas. ¿Cuál era esa frase? Ansiedad de alto funcionamiento o ansiedad de alto rendimiento. Para que tengas una idea de cuán inmensa fue esta tendencia, tan solo en TikTok los videos sobre ese tema sumaron más de 180 millones de visualizaciones.
¿Qué es lo que describe esa frase “ansiedad de alto rendimiento”? Describe algo bien específico, describe a una mujer que por fuera lo tiene todo controlado, que hace bien su trabajo, que atiende como corresponde a su casa y a su familia, que probablemente cumple en su iglesia, pero por dentro se sienten atrapadas, se sienten apretadas, están corriendo constantemente y muchas veces sienten que no tienen la oportunidad de detenerse.
Que quiere decir que por fuera tienen esta máscara de que todo está bien y por dentro la historia es diferente, y usted y yo sabemos que una mujer puede derrumbarse, caerse e inmediatamente todo el mundo se entera, pero al mismo tiempo hay mujeres que pueden funcionar, que para nuestros ojos lucen perfectas, cumplir con todo, sonreír en todas las fotos y nadie, absolutamente nadie, nota lo cansada que está; muchas veces ni siquiera ella misma.
Esta segunda mujer es la segunda más sola de todas porque hasta ella misma se cree el cuento de que todo en su vida está bien. Yo te explico esto desde el principio, porque sé que tú has estado en algún momento en ese lugar y probablemente te encuentres en ese lugar en este momento.
Quiero mostrarte una historia de la Biblia que parece que fue escrita para esa mujer:
En el Antiguo Testamento, en el primer libro de Reyes, vemos la historia de Elías, específicamente en el capítulo 19. Elías, que era un gran profeta de Dios, justo antes de este capítulo acababa de vivir uno de los días más grandes de su vida. Delante de todo el pueblo, Elías hizo una oración que hizo que descendiera fuego del cielo, porque yo creo que la estampa que vivió el pueblo de Israel aquel día no se compara con nada, con los efectos especiales más increíbles que pueda tener la más grande película de Hollywood.
¿Qué tuvo Elías? Elías tuvo un día de una victoria enorme, una victoria pública, algo totalmente espiritual, pero al siguiente día una mujer de aquel tiempo llamada: Jezabel, a lo mejor has escuchado hablar de eso, y le mandó un mensaje a Elías. ¿Sabes qué decía el mensaje? Le dijo: "Te voy a matar", y Elías se encuentra en este momento de su vida; el día antes había desafiado a un reino entero, completo, y Dios le había dado la victoria. Un día más tarde, Elías salió corriendo porque sintió un miedo con la amenaza de esta mujer.
¿Qué hizo Elías? Elías se fue solo al desierto; la Biblia lo cuenta así: 1 Reyes 19:4 “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”.
Te puedes imaginar una cosa como esa: el día antes de la victoria más grande de su vida inimaginable, el día después, el profeta que bajo fuego del cielo un día después está sentado debajo de un arbusto pidiéndole a Dios que le quite la vida.
Así de rápido se cae una persona fuerte cuando lleva demasiado tiempo encendida. Quiero explicarte algo cultural que probablemente tú nunca has escuchado por su nombre, pero lo que estudian la cultura latina hablan de algo que se llama Marianismo.
¿Qué es el marianismo? Es una idea metida en muchas familias latinas por generaciones y que dice esta idea: que la buena mujer es la que sacrifica, la que aguanta callada, la que da hasta que dar vacía y nunca se queja, la que sostiene a todo y no pide nada para ella. Y cuando esa idea entra en la siqui de una mujer cristiana, se disfraza de algo más difícil de notar y muchas veces no nos damos cuenta de que estar agotada es lo mismo que serle fiel a Dios, ser fiel a su familia y ser una mujer esforzada.
La mujer piensa que mientras más se vacía, más santa es, y es posible que tú también seas esa mujer que da, da y da y ya ni se acuerda de la última vez que recibió algo para ella.
¿Te has preguntado cuándo fue la última vez que te paraste y te sentaste a escuchar a Dios? ¿Eres de las mujeres que piensan que el cansancio llega cuando las cosas salen mal? ¿Sabías tú que Dios dejó de hablarte? ¿Es que no has tenido un solo momento de silencio para poder escucharlo? ¿Me creerías si te dijera que Dios no se molesta por estar agotado? ¿Sabías tú que el agotamiento no es pecado y no es falta de fe?
¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.
Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura.
Vamos a profundizar con una historia que la he profundizado muchas veces y no me deja de maravillar; quiero empezar a hablarte de ese arbusto del cual se sentó Elías el día después de haber bajado fuego del cielo y donde se sentó para pedirle a Dios que le quitara la vida.
Mira bien dónde empieza esta historia porque quizás es el lugar donde estás parada ahora mismo sin darte cuenta; te vuelvo a leer ese verso 1 Reyes 19:4 “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”.
Un enebro es un arbusto en el desierto de esos que dan bien poquita sombra y ahí debajo de esa sombra ahí está Elías, quien pidió morir debajo del enebro. Hay un detalle importante en todo el capítulo: el peor día de Elías no llegó cuando perdió, llegó el día después de su más grande victoria y así funciona el agotamiento; no te tumba en medio de una batalla, te tumba cuando por fin bajas la guardia y tu cuerpo te cobra todo lo que habías estado aguantando.
Muchas mujeres piensan que el cansancio llega cuando las cosas salen mal; no siempre es así. A mí siempre me llega después del logro más grande: aguantaste el embarazo, la mudanza, la enfermedad de tu mamá, el proyecto del trabajo, los 14 años que pasan tus hijos en la escuela y, cuando todo pasa y cuando sientes que tendrás alivio, te sientes peor. Eso no quiere decir que estas mal de la cabeza; tu cuerpo te está pasando la factura de todo lo que sostuviste mientras estuviste en ese tren de trabajo sin parar.
Lo más duro de todo esto es que te das permiso de sentirlo; te levantas igual, cumples igual, sonríes igual, porque en tu cabeza parar es fallarle a alguien y a veces parar en tu cabeza es fallarle a Dios y sigues caminando, aunque por dentro estés rogando un descanso que no te atreves ni a pedir en voz alta.
Elías sí lo pidió, le dijo a Dios sin esconder lo que estaba sintiendo, le dijo: "Basta ya", y eso, en vez de alejarlo de Dios, fue lo que abrió la puerta para que Dios lo tocara y ahora mira lo que Dios no hace; él dice: "Quítame la vida", está en el fondo más bajo que había podido vivir y Dios no lo regaña, Dios no le dice: "Ay, qué poca fe la tuya después de la victoria que te di ayer", Dios no le dice: Ayer bajaste fuego del cielo y hoy le dices: "Hoy vienes con esta bobería donde mí". Dios no le da sermón, Dios no le hace sentir culpable.
Yo me imagino que Elías en ese momento esperaba un reclamo de parte de Dios y lo que recibió fue completamente diferente, porque lo que Elías recibió fue cuidados, porque a Dios no le ofende su cansancio, a Dios le importa tu cansancio, le importa lo que tú crees que es tu mayor vergüenza espiritual, es de estar vacía, eso de no poder más, eso de querer desaparecer un rato, Dios lo mira con compasión. Tu agotamiento nunca es una falla espiritual, tu agotamiento es una señal de que Dios sabe leer mejor que tú lo que tú estás necesitando.
Lo primero que quiero que entiendas es que el derrumbe llegó después de la victoria y Dios no lo regañó por estar agotado.
Ahora déjame hablarte de la comida del ángel; aquí viene una parte que me encanta de esta historia porque desarma todo lo que te enseñaron sin querer. Te leo lo que pasó después.
1 Reyes 19: 5-8 “Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios.
Detente en lo que Dios hace primero. Elías, el que pidió morir debajo de aquel arbusto con poca sombra, ese que estaba destruido, lo primero que Dios le manda no es a orar, no es a ayunar, no es a levantarse y a apelar; cuando Elías quería morirse, lo primero que Dios le mandó a hacer fue comer y dormir. A veces, lo más espiritual que tú puedes hacer cuando te sientes drenada, agotada, no es esforzarte más, sino parar, comer y dormir y dejar que Dios te vuelva a llenar.
Esto para ti te suena casi a pecado, porque te enseñaron que parar es vagancia y que cuidarte es egoísmo, y es ahí donde el marianismo se ve que se metió en nuestra casa, se metió en nuestra familia, se metió en nuestra cultura y nos ha contado en corta: te hizo creer que dar hasta quedar seca es la prueba de que tú eres una buena mujer, de que tú eres una buena cristiana; tú lo viste con tu mamá y a lo mejor lo viste con tu abuela.
Mujeres que se desvivieron por todo y que también lo viste en tu abuela y que nunca ni una vez se pusieron ellas mismas primero y, sin darte cuenta, aprendiste que así se quiere, que así se le sirve a Dios, pero dar desde el vacío te desgasta y ese desgaste te engaña y lo llamas entrega. Y el mismo Dios que pudo mandarle a Elías una misión o un milagro, le mandó a comer un pedazo de pan y lo mandó a dormir; Dios mismo le puso comida a ese profeta agotado.
Si Dios no consideró el descanso de Elías indigno, deja de tú estar considerando que cada vez que tomas un descanso es algo que no está correcto.
Quiero que te fijes en un detalle que es pura ternura: el ángel vino dos veces, no fue como una vez y arranca, fue una comida más sueño y otra vez comida, porque Dios sabía que una sola pausa no le alcanzaba para el nivel de agotamiento que estaba experimentando Elías; la restauración no era instantánea.
Si tú llevas años corriendo, créeme que no te vas a recuperar con una sesión de 20 minutos hoy, o de una hora el próximo domingo, y está bien que tome tiempo. Déjame ponerte un dato sencillo para que veas que esto no es un invento.
En todos los estudios, consistentemente, las mujeres proyectan mucho más estrés que los hombres. No es que tú seas exagerada, es que de verdad cargas más responsabilidades y tu cuerpo aprendió a vivir como si el peligro de desgastarte no fuera una amenaza, y un cuerpo que vivió mucho tiempo así no sabe apagarse; solo hay que enseñarle otra vez.
Por eso puedes tener las manos llenas; llenas de hijos, de trabajo, de ministerio, de responsabilidades, llenas de bendiciones y por dentro estar completamente vacía, manos llenas, pero un alma vacía, y nadie se da cuenta porque unas manos llenas se ven como bendición, como producción, pero Dios no te quiere solamente con manos llenas si el alma va a estar seca; Dios quiere que tus manos estén llenas y que tu alma también esté llena.
Por eso te alimenta primero, como hizo con Elías, para que tengas de dónde dar. Presta atención para que aprendas; lo que Dios hace no es predicarte, es alimentarte. Quiero mostrarte algo que aprendas a identificar, que se llama el “silvo apacible”. Dios no está en el ruido; tú vives en el ruido. Elías ya había comido, ya había dormido y con esa fuerza caminó hasta el monte de Dios.
Ahí pasa la escena más importante para ti porque es la que le da nombre a este episodio. Te lo voy a leer directo de la escritura, 1 Reyes 19:11 “Él le dijo: Sal fuera y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento, un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto, un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego, un silbo apacible y delicado.”
Mira lo que pasa: viene un viento que parte la piedra, un terremoto, después un fuego, tres cosas enormes, ruidosas, imposibles de ignorar, y la Biblia dice una por una que Dios no estaba ahí, no estaba en el viento, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego, estaba en el silbo apacible y delicado, en un sonido suave, casi un silencio. En el hebreo original es: kol demamah dakkah; quiere decir algo como un sonido de silencio bien finito, tan fino que si hay ruido alrededor no se oye.
Dios escogió hablarle a Elías en el volumen más bajo posible, porque él no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego; estaba en un susurro y tú vives metida en el ruido todo el día preguntándote por qué tú no logras escuchar a Dios. Piensa en tu vida: el viento, los terremotos y los fuegos son tu día completo, el celular que no para, los nenes peleando, el grupo de WhatsApp, la lista de pendientes, la cabeza va al mil y una cosa al mismo tiempo.
Tú vives metida en el viento, en el terremoto, en el fuego y Dios no está gritando por encima de todo ese ruido; él está hablando por lo bajito, él está hablando en lo callado. Por eso este episodio se llama “ESTÁS TAN OCUPADA QUE NO ESCUCHAS LO QUE DIOS TE DICE”.
No es que Dios dejó de hablarte, es que no has tenido un solo momento de silencio para poder escucharlo. Le pediste dirección y él te la está dando, pero te la está dando en un susurro, mientras tú la buscas en medio de toda la tormenta y todo el ruido que hay a tu alrededor. Le pides a Dios algo por año y a lo mejor Dios te lo dio y no lo has podido recibir porque vas corriendo, tienes las manos tan llenas que no te quedas con qué tomar lo que él te quiere entregar.
Cuando una mujer vive así, no solo deja de escuchar, deja de recibir; está tan ocupada apagando fuego que cuando Dios tiene algo bueno en tu vida, no lo agarras, no lo disfrutas ni te enteras de que llegó. Y para que no te sientas sola en esto, ese mismo día, en ese mismo monte, Dios le dijo a Elías que no estaba solo, que había 7 mil personas que no se habían rendido.
Elías, el que pidió morir debajo del enebro, se creía el único que quedaba, pero no lo era; tú tampoco eres la única. La mujer que cree que todo depende de ella casi siempre se siente sola y casi nunca lo está.
Déjame resumirte en tres pensamientos todo lo que te he explicado.
1. El agotamiento no es pecado y no es falta de fe; Elías pidió morirse después de su más grande victoria y Dios no lo regañó; tu cansancio es una señal de que Dios sabe leer mejor que tú.
2. Lo primero que Dios hace con una mujer vacía es alimentarla, antes de pedirle nada, antes de llevarla a un nuevo lugar, alimentarla. A Elías le dio comida y sueño antes de otra cosa espiritual; cuidarte es de donde vas a sacar para poder seguir dando.
3. Dios te habla en lo callado; por encima de tu día es bien difícil que lo puedas escuchar y, mientras vives corriendo, tú no vas a escuchar tampoco y vas a recibir lo que él ya puso en tus manos.
Dios no se quedó callado, Dios estuvo hablando, pero habló bajito; el problema no es que Dios no nos habla, es que a veces no nos paramos lo suficiente para escucharlo.
Quiero que me cuentes aquí en los comentarios cuándo fue la última vez que te paraste y te sentaste a escuchar a Dios.
Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.



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