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311: Sara dejó de ser estéril antes de tener a Isaac

Tu Isaac no está tardando, está esperando que tú cambies de nombre primero; mientras tú sigas presentándote ante Dios con el nombre antiguo, el de la que aguantó, la que perdió, la que se quedó sola, la que sigue esperando, la promesa que ya viene en camino no tiene cómo aterrizar en tu vida. Eso fue exactamente lo que le pasó a Sara: fue estéril durante 90 años, pero antes de tener a Isaac, Dios le tocó algo que casi nadie predica, le cambió el nombre primero. 

Antes que el cuerpo, antes que las circunstancias, y ese orden fue completamente internacional, porque el orden importa, hay un principio del cielo que la mayoría de las cristianas no capturan y por eso pasan años y años orando por una promesa que ya está en camino, pero que no termina de aterrizar en sus vidas. 


La promesa de Dios llega completa, solamente con la identidad que corresponde a esa promesa, y cuando tú te empeñas en mantener un nombre que ya no te define, lo que Dios tenía para ti se queda flotando sobre tu vida sin poder posarse. Hoy te voy a mostrar tres movimientos en la historia de Sara que casi nunca se predican juntos, tres movimientos que cuando los lees en secuencia te dan una herramienta más práctica que existe para entender por qué tu temporada nueva todavía no se ha manifestado del todo. 


Al final del episodio vas a tener una pregunta específica y concreta para tu vida que te va a decir si el próximo Isaac está esperando a que tú actualices tu nombre antes de poder llegar. Hoy hablamos de identidad espiritual, pero aplicada; quiero que sepas que hoy voy a dar ese secreto de esa pieza exacta que te falta. 


¿Te has preguntado que la que te sostuvo es la que te está deteniendo y eso se nota con detalles concretos cuando tú probablemente no lo has identificado? ¿Sabías tú que la identidad antigua sabotea la promesa? ¿Me creerías si te dijera que tu Isaac no está tardando, está esperando que tú cambies de nombre primero? ¿Sabías tú que la promesa de Dios llega completa, solamente con la identidad que corresponde?    

¿Te has preguntado si tienes la capacidad de responder con toda seguridad estas dudas? Me gustaría leer tus respuestas a estas preguntas en la caja de comentarios.       

Terminando con lo anterior, continuemos nuestra lectura. 


Hoy quiero hablarte de una palabra que tú llevas años cargando en tu vida, que no te has dado cuenta, una palabra con la que te has acostumbrado a presentarte; a veces la dices en voz alta, la mayoría de las veces la dices por dentro y esas palabras están eligiendo decisiones que tú crees que estás tomando libremente. 


La escritura le hace lo mismo a Saraí; Génesis 11:30 “Mas Saraí era estéril, y no tenía hijo”. La Biblia habla de que era hermosa, de que era noble, que era la esposa de Abráhan, pero la palabra que la escritura escogió para presentarla por primera vez fue una sola: ESTÉRIL. Esa La palabra dejó de ser una circunstancia y se convirtió en el personaje de lo que da Sara en la escritura. Eso fue cuando todavía estaba en sus mejores años, pero cuando Dios le anunció la promesa de Isaac, Saraí ya tenía 90 años. Habían pasado décadas orando, esperando, deseando ese hijo que no llegaba y para entonces esa aspiración era más que una circunstancia biológica que le ocurría a Saraí por dentro; era una identidad que se le había pegado en su interior. 


Existe una diferencia enorme entre una circunstancia y convertirse en esa circunstancia; la primera se vive, la identidad te viste. Cuando una circunstancia se vuelve identidad, deja de ser algo que te ocurre y se convierte en quien tú eres y, al convertirse en quién eres, empiezas a operar desde ese lugar, tomas decisiones desde ahí, sostienes conversaciones desde ahí, te presentas desde ahí, te presentas al mundo desde ahí y ahí está el peligro: formaste esa identidad sosteniendo con dignidad una situación difícil durante años y años. 

Eso es real para muchas de ustedes, pero al mismo tiempo esa identidad construida en la espera tampoco va a recibir a Isaac. Aquí necesitas mirarte con honestidad; tu espera puede ser otra cosa distinta a la maternidad, puede ser la restauración de tu matrimonio, puede ser el rescate de un hijo que va por mal camino, puede ser ese avance profesional que llevas años pidiendo, puede ser el sueño que Dios puso en tu corazón hace décadas y todavía no se materializa. 


La pregunta para ti es la misma que enfrentaba Sara: ¿tu espera todavía es algo que te ocurre o ya se convirtió en quien tú eres? Tú llevas años esperando por ese algo que ya no sabes presentarte sin esa espera; hablas desde la espera, decides desde la espera, te relacionas desde la espera y aquí está lo que tienes que entender: esa misma identidad que tú construiste con dignidad con años, la que te ayudó a sostener el proceso, es la que ahora está cerrando la puerta a lo que Dios quiere entregarte. 


La que te sostuvo es la que te está deteniendo y eso se nota con detalles concretos cuando tú probablemente no lo has identificado. Empiezas a notar tu historia siempre desde la falta, siempre arrancando lo que se fue, lo que perdiste, con lo que sigues esperando; te disculpas por desear lo que Dios todavía no te ha dado, como que si quererlo fuera un acto de soberbia. 

Pasas por alto los logros pequeños porque tu identidad operativa solamente reconoce un tipo de victoria, la grande, la que sigue tardando, y empiezas a desconfiar instintivamente de las cosas buenas que llegan porque aprendiste a sostener tu identidad cuando Dios todavía no se había manifestado. Ahora que Dios se manifiesta, tu identidad operativa todavía no sabe que no sabe qué hacer con eso.  


Hay algo que tienes que entender que sucedió en la vida de Sara: Dios le cambió su nombre antes de cambiarle las circunstancias, y ese es el momento más subestimado de toda la historia de Sara. En Génesis 17, Sara tenía 90 años y Abraham tenía 99, y Dios apareció con el anuncio formal de que Isaac iba a nacer al año siguiente, pero lo primero que Dios hizo fue tocarles el nombre antes de tocar su cuerpo, antes de tocar las circunstancias; fue el nombre primero.


Cuando vas a Genesis 17: 15-16 “Dijo también Dios a Abraham: A Sarai, tu mujer, no la llamarás Saraí, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella”. 


Quiero que tú le prestes atención a ese orden; primero le cambió el nombre, luego vino la promesa de ese hijo. Mira a quién le habla Dios en este pasaje; le habla a Sara usando el nombre nuevo para anunciarle que va a ser madre. El nombre antiguo ya ni siquiera existe en la conversación y eso dice algo definitivo de cómo opera el cielo. 


Dios entrega lo nuevo solamente a la identidad que le corresponde lo nuevo; cambia el nombre primero, cambia la identidad antes de que el cuerpo tenga la prueba, antes de que las circunstancias se muevan, antes de que el milagro sea visible para los demás. 

En hebreo, Saraí significaba MI PRINCESA; una pertenencia limitada, casi privada, contenida, y Sara significa simplemente Princesa, sin posesivo, sin frontera, sin contención. Dios le quitó el límite que estaba en su nombre antes de quitarle el límite que estaba en su vientre porque la promesa que venía no podía caber en el nombre antiguo. Una mujer que se llama mi princesa no puede ser madre de naciones; una mujer que se llama princesa sin frontera, esa sí puede serlo. 


El nombre tenía que cambiar primero; si el nombre se hubiera quedado igual, el cuerpo no se hubiese abierto. Cuando una mujer cristiana entiende esto, deja de pelear con la temporada que está viviendo y empieza a preguntarse algo distinto. En lugar de orar Dios, dame a Isaac", empieza a orar Dios: ", dime cómo es la mujer que ya está lista para Isaac, porque quiero ser ella antes de que él llegue". Esa es la oración que mueve el cielo, esa es la oración que Dios responde porque le estás dando permiso para trabajar en tu identidad antes de moverte en tu situación. 


La razón por la que tu próximo nivel todavía no se manifiesta es porque sigues operando con el nombre que correspondía al nivel anterior. 

La promesa, cuando llega, no se acomoda a tu identidad antigua; pasa por ti, pero no se queda porque el contenedor todavía no es el tamaño correcto. Dios te cambia el nombre antes de cambiarte la historia; cuando tú te empeñas en mantener el nombre antiguo, estás bloqueando el orden del cielo, aunque te parezca el orden más humilde del mundo, cuando tú sigues presentándote como la herida, la traicionada, la que perdió, la que aguantó, la que tuvo que ser fuerte sola. 


Cuando Dios ya pronunció ante ti un nombre nuevo, estás discutiendo con el cielo, le estás diciendo a Dios: "Yo todavía me identifico mejor con el nombre que tú quieres quitarme", y Dios respeta tu decisión, pero la promesa se queda esperándote. Quiero que tomes un segundo porque lo que viene a continuación no se va a entender bien si tú no haces esto primero. 

Ve a los comentarios de este episodio ahora mismo, quiero que me escribas dos cosas. Primero, el nombre antiguo con el que has aprendido a presentarte y ya te he dado varios ejemplos: la que se quedó, la que aguantó, la que cuida a todos menos a ella, y quiero que escribas el nombre que tú ya sabes cuál es porque lo cargas todos los días. 


Lo segundo, quiero que me escribas el nombre nuevo que tú crees que ha producido sobre ti, aunque tu vida no se haya alineado a ese nombre, no lo escribas para mí, escríbelo porque cuando una mujer pone dos palabras en público, el cielo registra esa transacción, y porque otra mujer va a leer ese comentario por primera vez y se va a atrever y se va a atrever a escribir el suyo. El cambio de decisión personal, pero se acelera cuando se hace un testimonio público. 

Quiero que entiendas que la identidad antigua sabotea la promesa y esto es superimportante porque casi todo se queda con el final feliz; Isaac nació, Sara se rio, Dios cumplió, pero entre la promesa y el nacimiento pasó algo que muestra cómo una identidad sabotea una promesa. 

Cuando Saraí todavía era Sarai, antes del cambio de nombre, su identidad de estéril se manifestó en una decisión que cambió la historia de Medio Oriente para siempre. Genesis 16: 2 “Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella. Y atendió Abram al ruego de Sarai”.  


Mira cómo Sari se presentó a sí misma en esa frase: "Jehová me ha hecho estéril". Esa fue su identidad operativa y desde esa identidad surgió la solución; surgió del personaje que llevaba años cargando, la mujer que ya había aceptado internamente que la promesa nunca le iba a llegar a ella directamente y desde esa convicción interna le facilitó a Dios un atajo que Dios nunca pidió. 


Cuando tú no actualizas tu identidad a tiempo, tus mejores intenciones producen ismaelitas en tu vida, soluciones que parecen lógicas desde lo viejo, decisiones que se sienten responsables, que se sienten prácticas y hasta se sienten espirituales, pero que complican lo que Dios quería entregar limpiecito. Un ismaelita en tu vida casi siempre tiene la apariencia de un hijo del esfuerzo humano cuando todavía estás operando desde una identidad de escasez. 

Por eso es tan fácil confundirlo con un buen avance; es el atajo que armas porque tu identidad antigua no soporta la idea de seguir esperando lo que Dios te prometió. Tienes que entender que es un Ismael en tu vida concreta. Pudiste haber aceptado un trabajo porque no te correspondía, porque no creíste, porque el verdadero llegaría; pudiste haberte conformado con una relación a medias porque tu identidad, de la que nunca viene, no podía recibirlo completo; pudiste haber armado un ministerio desde la herida porque no te atreviste a esperar el llamado real; pudiste haber construido tu casa, tu negocio, tu rutina, tu manera de orar desde un nombre antiguo que ya no te define. 


Todas estas decisiones, igual que la de Sarai, nacieron de una identidad que no estaba actualizada en el tiempo de Dios para tu vida y, aunque desde afuera pueden parecer simplemente decisiones responsables, en realidad no lo son. 

El problema con los ismaelitas va más allá de que solo lo opuesto a lo que Dios prometió; el problema es que, después que llegan, hay que cargarlos. Sarai no pudo deshacerse de pagar después, no pudo deshacerse de Ismael, tuvo que vivir con las consecuencias de una decisión que tomó desde la identidad equivocada y esas consecuencias persisten en el mundo hasta hoy.

Por eso, cuando Dios dice que vas a tener un Isaac, antes de tocar tu situación, te toca el nombre; si tu nombre se queda igual, vas a seguir produciendo Ismaeles mientras esperas por Isaac. 


Sara fue estéril durante 90 años, pero antes de tener a Isaac, dejó de ser Sarai, y ese cambio de nombre, ese pequeño detalle que pasa por encima de la lectura rápida, es la letra más útil que la escritura te puede dar para esta temporada de tu vida. Si tu promesa todavía no ha llegado, antes de orar otra vez por la promesa, pregúntate qué nombre estás cargando; puede ser que Dios ya pronunció el nuevo nombre para ti y tú llevas años discutiendo con él porque te identificas mejor con el nombre viejo. 


Tu próximo Isaac no le va a llegar a la Sarai que sigues viendo; le va a llegar a la Sara que Dios ya pronunció, cuando tú te atreves a empezar a operar con ese nombre antes de que la prueba llegue. Y si te preguntas cómo se hace esto, prácticamente la respuesta es directa y puede ser incómoda para ti, y empiezas hablando de ti o Dios habla de ti. 


Reemplaza tu vocabulario antiguo, empieza a tomar decisiones desde la mujer que él pronunció, dejando atrás el personaje que has cargado por años, y empiezas a notar con sorpresa al principio que Dios responde a esa nueva manera de presentarte mucho más rápida de lo que respondió a tu manera antigua. 


TRES COSAS PARA QUE LO HAGAS EN ESTA SEMANA: 


1. Una circunstancia que sostienes con dignidad durante mucho tiempo deja de ser circunstancia y se convierte en personaje, y un personaje viejo no puede recibir una promesa nueva. 


2. Dios te cambia el nombre antes de cambiarte la historia y el orden es el siguiente: primero nombre, historias después; todavía no se ha movido tu situación; Dios está esperando que tú aceptes el nuevo nombre. 


3. La identidad antigua produce ismaelitas, decisiones lógicas que parecen responsables, pero que le complican las cosas a Dios y a los ismaelitas; una vez llegan, hay que cargarlos. 

Sara dejó de ser estéril antes de tener a Isaac; hoy te invito a que comiences a hacer lo mismo. 


Por último, me gustaría agradecer a todas esas mujeres que decidieron invertir un par de minutos de su vida leyendo.

 
 
 

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